Por HERMANN TERTSCH
El País Jueves,
03.02.2000
TRIBUNA
Por fin ha tomado medidas un Gobierno con la contundencia
necesaria ante un problema que va mucho más allá de la estética en los estadios
de fútbol y no sólo de fútbol. Cierto que ha sido necesaria una provocación de
inconcebible repugnancia para que se acabaran por fin las medias tintas, la
comprensión ante el entusiasmo juvenil de los hinchas y la tolerancia ante
exabruptos al fin y al cabo proferidos por grupos que quieren bien a su equipo.
Todo por la animación de la grada a los jugadores. Pero la inmensa pancarta en
honor del líder paramilitar serbio Arkan, uno de los peores asesinos de las
últimas décadas, que fue exhibida el pasado domingo en el estadio olímpico de
Roma, ha sido en Italia la gota que, según algunos, ha colmado el vaso. A
partir de ahora y según loable acuerdo entre Gobierno, liga y federación de
fútbol, la aparición de pancartas o símbolos nazis y los coros fascistas,
antisemitas y xenófobos podrán acarrear la suspensión del partido. En realidad,
el vaso estaba ya mucho más que colmado. Su viscoso y peligroso contenido se
había desparramado por todas las ligas de fútbol ante la mirada complaciente de
autoridades y cómplice de directivos. Ha sucedido en Italia, en Alemania, en
Francia y en Inglaterra. Y por supuesto en España. La infamia de insultar a
miles de víctimas de los Balcanes con la pancarta que rendía tributo a su
verdugo no es sino la consecuencia lógica de la sistemática e impune presencia
en los campos de fútbol de cruces gamadas, símbolos fascistas del Ordine Nuovo,
hachas con serpientes, goras a ETA y pancartas con las SS zigzagueantes.
Arropados por las multitudes en las gradas, los apologetas de los asesinos
insultan a las víctimas y hacen proselitismo entre los más jóvenes, tan fáciles
de seducir por la falta de cultura política e historia y por estas
demostraciones de hombría resoluta.
Es cierto que en algunos países ha habido intentos de frenar
esta evolución. También en España. Pero sin el coraje suficiente para que las
infracciones supusieran un coste real para quienes las cometían. Muchos se
preguntarían quien es el guapo que sube a la grada a confiscar las pancartas
con sus lemas y símbolos que vomitan odio. La reciente cumbre sobre el
Holocausto celebrado en Estocolmo puede dar las primeras pautas en una nueva
aproximación a este detestable fenómeno. Primero hay que tener claro que el
nivel de tolerancia ante estas manifestaciones debe ser nula. Después hay que
conseguir que la mayoría de los asistentes a los partidos se movilicen contra
quienes quieren utilizar el fútbol y la televisión como instrumentos contra la
democracia y la dignidad humana.
La suspensión temporal o definitiva del partido o su
aplazamiento para que pueda jugarse a puerta cerrada son sin duda argumentos
que convencerían a muchos aficionados a intervenir para impedir que unos pocos
les priven del fútbol por exhibir sus pancartas. Y los activistas nazis
identificados, los de "muerte al negro", "cerdos judíos" o
"Eta mátalos", como los vándalos en general, deberían quedar sin
acceso a los campos después de ser debidamente fichados y multados. Seguro que
se plantean problemas de orden público, pero es a la autoridad a la que compete
resolverlos, no evitarlos transigiendo ante quienes, si no se les hace frente,
serán un problema de seguridad cada vez mayor. No olvidemos que ya hemos tenido
muertos, en Madrid o en el Mundial de París, a manos de los que se toman los
mensajes literalmente. El deporte era y es una actividad de caballeros. Por eso
los rufianes siempre han sido mal vistos en el mismo. Con más razón hay que
expulsar del mismo a los cómplices y propagandistas de asesinos.
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