Por HERMANN TERTSCH
El País Miércoles,
02.02.2000
TRIBUNA
Es difícil sustraerse a la impresión de que algunos
dirigentes europeos quieren que Jörg Haider gane las próximas elecciones por
mayoría absoluta. Los austriacos ya demostraron hace más de una década con la
elección de Kurt Waldheim, precisamente los más inclinados a votar hoy al
demagogo de Carintia, que son especialistas en romperse una mano para fastidiar
al capitán. Dicho de otra forma, les gusta molestar al prójimo perjudicándose a
sí mismos. Que Haider iba a responder con chulería a las expresiones de
preocupación de líderes extranjeros era previsible. Menos lógico era que los
preclaros dirigentes europeos se permitieran la torpeza en la cumbre de
Portugal de poner en bandeja a Haider el ideal argumento antieuropeísta de que
la UE quiere criminalizar a casi un tercio del electorado austriaco. La
política de Haider se basa en la mala fe. Pero los errores del Consejo Europeo
no deberían facilitársela. La Comisión Europea ha sido algo más prudente. No se
puede castigar a un Estado miembro por comentarios de sus líderes. Por
detestables que sean. Mañana puede haber alguien que pida sanciones por los
comentarios de algún comunista español -en un hipotético acuerdo de Gobierno
con el PSOE- cuando afirme, como suelen, que los crímenes comunistas del siglo
XX fueron errores o actos heroicos.
La política de la UE ante la crisis austriaca debería
haberse centrado en señalar al auténtico culpable de que llegue al Gobierno federal
un populista de ultraderecha de gran demagogia y ningún escrúpulo. Ese
responsable es el dirigente de los conservadores del ÖVP, Wolfgang Schüssel,
que por llegar a canciller ha dinamitado otras soluciones de gobierno y roto el
consenso antifascista que ha regido en Austria desde 1945. Sin la
irresponsabilidad de Schüssel, Haider, marginado como merece, podía entrar en
fase de descomposición como otras ultraderechas europeas. Sobre todo si, ante
la alarma, el SPÖ en minoría o con el ÖVP hubieran comenzado la reforma del
Estado, pendiente desde la era de Bruno Kreisky.
Pero tratar desde Bruselas a los austriacos como si fueran
hordas de las SS es la peor solución. Le dan a Haider la importancia que sólo
él cree tener. Más fácil habría sido expulsar al ÖVP del Partido Popular
Europeo por aliarse con gentuza. Y explicarle a Schüssel que más que canciller
va a ser un paria en las cumbres europeas. Él se cree aún un defensor de la
soberanía y pronto un estadista. Será un patán y camarero de Haider, dure lo que
dure esta insufrible alianza. Pero pese a todo hay soluciones. Pasan por un
gobierno efímero que haga el menor daño posible y sirva de detonante de la
renovación austriaca. Para ello tienen que desaparecer los políticos amorales
por prestidigitadores del racismo y los amorales por acostarse en coalición con
los citados magos del odio.
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