Por HERMANN TERTSCH
El País Viernes,
28.01.2000
TRIBUNA
Austria vuelve a ser noticia. A su pesar. En el Foro
Internacional sobre el Holocausto que concluye hoy en Estocolmo pocos oradores
se olvidaron de citar a Austria, también con pesar. Y preocupación. Cuando se
habla de Austria y no por Hermann Maier, el indiscutible rey del esquí de
descenso, los motivos suelen ser inquietantes. O absurdos, como decía Thomas
Bernhard. En el caso que nos ocupa son absurdos, inquietantes y graves. Están
en la irresistible ascensión de Jörg Haider, un político joven, dinámico y
multimillonario gracias a unas fincas "arizadas" que heredó de su
padrastro. Las propiedades arizadas son bienes expropiados por los nazis a sus
legítimos dueños judíos antes de quitarles la vida en algún campo de exterminio
en tierras polacas. No es, por tanto, de extrañar que Haider no tenga muy mala
impresión de lo sucedido en Austria en sus siete años de Tercer Reich. Por eso
un día elogia la política de empleo de Hitler y al otro añora el orden entonces
existente. Y no ve nada malo en presentar a los inmigrantes como alimañas que
chupan el dinero y la sangre de los austriacos. Pero nadie debería equivocarse.
Haider tiene lo mismo de nazi que Slobodan Milosevic de nacionalista o el
exagente del KGB y presidente ruso Vladímir Putin de piadoso hijo de la Iglesia
ortodoxa aunque ahora le dé por santiguarse todos los días. Haider elogiará a
veteranos de las SS en sus fiestas campestres en Carintia, pero, si pudiera, se
iría ya mismo a una sinagoga de Nueva York a hacerse una foto, tocado con una
kipa elegante, rodeado de judíos ortodoxos. Ahí radica precisamente el peligro
de Haider, no en una ideología nazi, sino en su absoluta falta de escrúpulos y
de los principios básicos de una persona de bien como son la compasión, el
respeto y el esfuerzo por entender al prójimo como base de las relaciones
políticas y humanas.
Son muchos los responsables de que un personaje así no
limitara su vida pública a la alcaldía en uno de esos pueblitos de montaña a
cuyos habitantes solía llamar el escritor Joseph Roth los "teutones de los
Alpes", germanos de periferia cultural que combaten su inseguridad con
sobredosis de identidad nacional. Y con el desprecio a los otros, sean éstos
sus vecinos eslovenos, los rusos, los gitanos o, casi peor aún, los habitantes
de esa ciudad de pecaminoso mestizaje germano-húngaro-eslavo que es Viena. La
incapacidad de los socialistas del SPÖ y conservadores del ÖVP de desmantelar
el entramado de privilegios compartidos ha sido la mejor arma electoral de
Haider. Muchos de los 1,3 millones de votos de Haider no son nazis, ni siquiera
más xenófobos que muchos votos socialistas o populares. Son expresión de
protesta contra un estado de curiosa simbiosis entre la burocracia heredada del
imperio y el culto al Estado de la tradición socialdemócrata. Los grandes
logros del SPÖ en su historia se han convertido en losas opresoras. Y su larga
alianza con unos conservadores del ÖVP, agrarios y agrestes, además de
clericales, provincianos y autoritarios ha acabado en esto, en desastre.
El hasta ahora canciller Viktor Klima, a quien sus padres
pusieron el nombre en honor del histórico socialista Viktor Adler, comentaba
ayer en Estocolmo que se acabaron los intentos de buscar una fórmula
minoritaria o en coalición con el ÖVP para evitar que Haider mancille el nombre
de Austria. Al SPÖ no le vendrá mal pasar por una oposición en la que no ha
estado mas que cuatro años desde la II Guerra Mundial. Por pura higiene.
Mientras, el mediocre líder del ÖVP, Wolfgang Schüssel, cuya obsesión por ser
canciller le llevó a dinamitar unos acuerdos con el SPÖ ya a punto de rúbrica,
se las tendrá que ver con Haider. Tal relación será algo así como si al alcalde
de Madrid, José María Álvarez del Manzano, le ofrecen jugar al póquer con un
hombre inteligente. La víctima sólo decide si juega. Tomada la decisión, es
devorada hasta el tuétano.
"Felix Austria", se decía antaño.
"Pobre" habrá que decir si se consuma esta coalición entre un
Schüssel más débil que un Von Papen ante Hitler y un Haider que se quedará de
jefe de Carintia para que no se note que no le invitan mucho al extranjero. Se
apuntará los éxitos y achacará los fracasos al infeliz del canciller. Sólo cabe
esperar que ese Gobierno no dure ni para demostrar que no está a la altura ni
de los tiempos, ni de las formas, ni de los principios. Daño hará, pero Austria
sobrevivirá a esta alianza de ambiciosos incapaces y ambiciosos implacables.
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