Por HERMANN TERTSCH
El País Sábado,
08.04.2000
TRIBUNA
El ex canciller alemán Helmut Kohl acaba de cumplir 70 años
en una marginación insólita para un estadista que tanto poder ha tenido como
relevancia histórica. Nadie quiere ya una foto con el ex canciller en una clase
política que lo temía y respetaba ni en su partido donde casi todos estaban en
permanente genuflexión en su presencia. Hasta los más cercanos colaboradores,
los que más medraron a su sombra, lo niegan no tres veces sino las que haga
falta. Los años de gloria como elder statesman le serán ya negados de por vida.
Kohl ve ahora que nunca ha tenido amigos y probablemente lamente haber creído
siempre que no los necesitaría nunca. Es el triste sino de más de un poderoso. Pero
Kohl tiene más cosas que lamentar. Porque los problemas se le multiplican.
Seguro que ya maldice la hora en que su Gabinete decidió utilizar las fichas de
los archivos de la policía política del Ministerio para la Seguridad del Estado
-conocida popularmente como Stasi- para establecer responsabilidades penales,
administrativas y laborales de antiguos miembros de este temido Gran Hermano. Y
quizás incluso lamente que los propios agentes de la Stasi no lograran destruir
el ingente material que habían acumulado a lo largo de décadas de control,
observación y escuchas.
Porque el espionaje alemán oriental y su aparato represivo,
"la espada y el escudo del partido" como gustaba llamarse, no pudo
impedir el naufragio del régimen pero puede ahora, 10 años después de su
desaparición, hundir un poco más al ex canciller como hace más de dos décadas
acabó con el Gobierno de Willy Brandt. La sección principal III de la Stasi
contaba con cerca de 2.500 agentes permanentemente dedicados a las escuchas
telefónicas en Alemania Occidental. En 1989 controlaba 40.000 teléfonos en la
RFA de políticos, banqueros, hombres de negocios, agentes y militares. Cuando
tras la caída de la RDA los servicios de información occidentales obtuvieron
las cintas, la clase política alemana, en un consenso generado por el espanto
ante tanta información confidencial, decidió destruirlas.
Pero no se percataron de que en los archivos de la Stasi
había gran cantidad de transcripciones de dichas cintas. Ahora han comenzado a
salir a la luz y demuestran que los agentes de la RDA estaban perfectamente al
tanto de la financiación irregular, clandestina y muy probablemente delictiva
de la CDU que dirigía personalmente Kohl. Hay decenas de miles de
transcripciones, muchas de conversaciones de colaboradores del entonces
canciller y se supone que suyas personales también, que podrían ser pruebas
terriblemente incriminatorias contra todos los implicados en la trama, Kohl
incluido. Y éste, con seguridad asustado y mostrando una santa indignación por
lo que sin duda supone una grave violación del derecho a la intimidad por parte
de aquellos sabuesos del régimen comunista, quiere que el Tribunal
Constitucional impida que dichas conversaciones puedan hacerse públicas y
eventualmente utilizarse en un juicio a los responsables de la financiación
ilegal de su partido.
Son los juristas los que han de decidir si estas pruebas
tomadas de forma ilegal son válidas en un juicio. Pero tiene gracia que quienes
han utilizado estos archivos para analizar conductas de súbditos de la RDA con
objeto de otorgarles o negarles un trabajo en la Administración, que han
recurrido a ellas para justificar despidos o incluso para procesos penales,
ahora apelen a su derecho a la intimidad. Si se impusiera su tesis, quedaría
claro que han existido en la nueva Alemania reunificada leyes diferentes para
los alemanes orientales y occidentales.
Kohl está solo, ve desmoronarse su prestigio y su honra y se
siente perseguido a causa de unas prácticas que, aunque manifiestamente
anticonstitucionales e ilegales, a él le parecían normales desde hace lustros.
Pero sus intentos de defenderse como lo está haciendo lo hunden más y más en el
lodo de la cobardía y la falta de respeto a los principios que dijo y juró
proteger.
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